Veredas Digitales
Por Felipe Assadi
¿Quién podría pasarse unos minutos más de la cuenta observando el contenido de esas lujosas pantallas ubicadas en zonas de alto tránsito? Esta semana lo intenté, varias veces, y lo único que recuerdo, además de bocinazos, fue la colección de garabatos que recibí cada vez que me detuve para tratar de ver el mensaje completo.
Sin duda, un chiche tecnológico de punta, que bien podría estar ubicado en zonas estancas, plazas o fachadas proyectándose hacia el espacio público. Hace unos quince años ése parecía el futuro de varios edificios que, bajo el equivocado referente de un Times Square o un Picadilly Circus, comenzaron una frustrada incorporación de estos luminosos letreros en la vía pública.
Frustrada no sólo porque en su mayoría los casos no alcanzaron a constituir un hito; más bien se trató de puntos aislados en algunos sectores específicamente ligados al comercio, cuyo propósito pareciera jamás haber tenido un sentido estético que aportase a la imagen de la ciudad más allá de un fin meramente funcional: ser una paleta publicitaria mejorada.
Aunque con mayor grado de sofisticación, pero con una depurada torpeza en sus emplazamientos, estos televisores urbanos han encontrado los peores lugares para transmitir contenidos cuyos tiempos de duración sobrepasan con creces los tiempos reales de uso de dichos sitios. Salvo un par de ejemplos, ya viejos y conocidos, otros de carácter privado y que por lo mismo no pertenecen al circuito público, las nuevas súper pantallas distraen más de la cuenta.
Y así como no hay mucho tiempo para leer por completo el mensaje, tampoco lo hay para observar el desorden que impone la publicidad en las calles, especialmente aquella caótica experiencia de las imágenes en movimiento sobre un letrero caminero.
Para quienes, encandilados por estas brillantes ideas, aún creen que el progreso se nota en estas externalidades, los elementos de este tipo parecen ser responsables de una imagen futurista y de ciudad desarrollada.
Postdata: Para otros, se tratará de una fuente de ingreso poco despreciable, que llenará las alcancías municipales para invertir luego en mantener las ciudades más limpias y ordenadas, con menos cables a la vista y mejores condiciones de visibilidad para sus ocupantes. Curiosa paradoja.
Fuente: emol.com


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