La ciudad y sus Memorias
Por: Felipe Assadi
Hace algunos meses oí críticas al memorial de la calle Londres 38, intervención en la calzada hecha mediante el reeemplazo de 300 adoquines por placas de mármol y granito negro con los nombres de detenidos y desaparecidos, en una extensión de alrededor de 200 metros de longitud entre la Alameda y la calle París.
Críticas no tan duras, por cierto, como las que también escuché hace tiempo en relación a la instalación del memorial de Jaime Guzmán, que se proyectó en uno de los lugares más públicos del centro de Santiago y terminó en una punta de diamante en Las Condes.
Me voy a referir a lo genérico. Las críticas, si bien tenían todas un barniz político, acertaban en algo que comparto plenamente: la incorporación de un memorial de esta naturaleza en la vía pública distorsiona inevitablemente la calidad del espacio público.

Los memoriales, aún más aquellos que guardan una fuerte carga política no debieran ser lugares obligados. El espacio público tiene –o al menos debiera tener– esa mínima condición democrática que garantiza su uso pleno y en completa libertad, condición que subyace –o al menos debiera hacerlo– a cualquier actividad de nicho o bien de un cierto grupo de personas.
Nunca he estado en plena conformidad con los memoriales urbanos, no por alguna aversión al recuerdo sino precisamente porque creo que los lugares para el recuerdo deben ser colectivos y no públicos. Lo primero implica una voluntad de quien quiere recordar. Lo segundo, en cambio, incorpora forzosamente a la ciudad un lugar que, en este caso, tiñe un suelo de modo definitivo de un color que no necesariamente pertenece al total de los habitantes de ese lugar.
El memorial –aunque ese no es su fin último– generalmente nos recuerda alguna tragedia. De ahí podría desprenderse una posible condición de retiro, de alejamiento, de silencio. En cambio, se inscriben en el espacio público incorporándose más de la cuenta en las vidas de la gente, en lugares absolutamente públicos y de paso obligado a veces, lugares hiperconectados, lugares llenos de ruido que finalmente asumirán el rol del mismo memorial que llevan encima y que por consiguiente dejarán de ser tan públicos como lo fueron antes.
Postdata: Recuerdo un fragmento de Las Ciudades y la Memoria 3 de Ítalo Calvino que acota que “la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos”.
Ilustración: Francisco Javier Olea
Fuente: emol

Deja tu comentario!