Las nuevas vestiduras de la ciudad
Por: Felipe Assadi
La guirnalda plástica tricolor terminó finalmente por convertirse en el elemento decorativo más utilizado para ambientar la fiesta dieciochera: adornan el interior de una oficina, el patio de los colegios, el tendido eléctrico de las calles, los árboles de algunas plazas… La manga de nylon, en cuyas versiones también podemos encontrar la verde–roja navideña o la naranja con cara de calabaza de Halloween, reemplaza no sólo el esmero con que otrora se preparaba una calle para festejar un aniversario de la Patria –por ejemplo– sino que evidencia la fugacidad del tiempo que estos eventos tienen dentro de la agenda anual de festejos.
Pero además se ha entrado en una suerte de celebración en serie. Se descuelga una guirnalda plástica porque hay que colgar la que sigue. No importa mucho el origen de los elementos ni la preparación que estos tengan, sino la rapidez con que se instalan y la facilidad con que se quitan, para así cumplir con el trámite de vestir un lugar, momentáneamente, y darle un color a cierta fecha.

El traje hecho a medida, aquel que otorgaba un significado a la ciudad por cuanto había una dedicación en su hechura y que demostraba además un conocimiento del origen de los eventos, es reemplazado por un envasado y repetitivo elemento producido en serie sin más valor que el de adornar rápida y eficientemente un recinto.
Ese traje hecho a medida –que se veía igual en todas partes, pero que en realidad era distinto cada lugar– no sólo dignificaba el evento, también transmitía al resto de la gente, en especial a las nuevas generaciones, el por qué de las cosas. La ciudad entonces se convertía en testimonio de una historia, en una celebración urbana, en un acontecimiento.
Y así fue, desde la aparición quizá del primer prototipo de árbol navideño de plástico plegable –el cual reconozco tener en mi bodega– hasta la seriación de la ramada. Hoy podemos comprar en la tienda rollos de la fiesta que se nos venga encima, y será cuestión de desplegar y pegar para vestir por algunas horas nuestros barrios. Luego, despegar y botar a la basura el desecho de aquellos días que pasaron.
Postdata: Días que pasaron casi sin dejar huella en nuestras calles.
Ilustración: Francisco Javier Olea.
Fuentes: emol

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