Un homenaje de proporciones
Por: Felipe Assadi
Primero fueron unos tubos amarillos en la ribera sur del Mapocho, monumento que causó bastante confusión durante un tiempo, pues nadie sabía ciertamente qué era y para qué servía esta ordenada cadena de chimeneas que se pintaba y repintaba para que no se advirtiera la corrosión. Luego una cruz en conmemoración a su paso por Avenida Presidente Kennedy quedó sepultada en un costado de la rotonda Pérez Zujovic entre semáforos, letreros y cables. Incluso, en algún momento, se pensó trasladar la pequeña cruz a lo que luego sería el tramo oriente del Parque Araucano, recientemente denominado Parque Juan Pablo II. También se habló de renombrar el Colegio Darío Villalón, ubicado a un costado de este lugar con el nombre del pontífice, y es más, hasta existió la idea de cambiarle el nombre a la Avda. Presidente Kennedy por el del Papa.
De los homenajes –sin duda se me va alguno– el que parece mejor resuelto es el parque en Las Condes. Pero no precisamente por ser en honor al Papa sino sólo porque es un parque, y los parques siempre se agradecen, aún más cuando están bien hechos.

Entonces –y lo digo anticipadamente– en lo que sigue no critico el homenaje sino la forma, y esa actitud que se nos viene encima coincidentemente con períodos eleccionarios de rendirle homenajes una y otra vez a todos y en todos los lugares, como si nuestra sociedad, vacía de algo, necesitara constantemente iconos en la ciudad, recordatorios, memoriales, monumentos, bustos, cruces, estatuas, y cuanta cosa sirva para ponerle nombre a algo.
Vamos al grano. Levantar una estatua de bronce de quien sea, de 13 metros de alto –el equivalente a la altura de un edificio de departamentos de casi 5 pisos– es, en el lugar donde se ha planteado, un despropósito. Más allá de quien esté labrado en el metal, nos guste o no el personaje, concesionarle la plaza que ya había sido “regalada” al poeta José Domingo Gómez Rojas (actual nombre de la plaza) a una universidad para que haga con ella un homenaje, es tan absurdo como el tamaño de la estatua que se quiere utilizar.
Por el lado del memorial, el tema se repite. Nuevamente estamos frente a una discusión en torno a si el espacio público –entiéndase nuevamente público como el que es de todos para uso y goce libre de quienes habitan en la ciudad– puede o no teñirse de un color o un credo. Si puede o no ser concesionado. Si puede o no ser “llenado” con una imagen realista de bronce del tamaño de una obra relevante como la facultad de Derecho de la Universidad de Chile.
Postdata: Y ahí estará –para aquellos que gustan de la cantidad más que de la calidad– la estatua a Juan Pablo II más grande del mundo, que por cierto hablará también de esta extraña y anacrónica megalomanía que nos está afectando más de la cuenta.
Ilustración: Francisco Javier Olea
Fuente: emol

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