Tierra muerta
Por: Felipe Assadi
Lo más vulgar de Providencia se concentró, durante la última década, en el barrio Suecia, que durante los años 80 se consolidara como uno de los focos más exclusivos y sofisticados de lo que se gestaba como el “centro oriente” de la capital. La mediocridad de la arquitectura que tapizó las viejas casonas, los gigantismos mal hechos, una oferta gastronómica de la peor especie, el punchi punchi a todo volumen y los excesos de todo tipo dieron paso finalmente a la muerte de un barrio que aún aparece en los folletos de turismo como uno de los tops visitables de Santiago. Me pregunto con qué criterio el mal gusto y las malas costumbres pasaron a formar parte de la oferta turística de esta ciudad.

Se habría necesitado una suerte de bomba atómica para sanear “la zona”, si no se hubiera auto extinguido producto del reventón que se originó desde su propio interior. Hoy más de una quincena de locales yacen cerrados y prácticamente desvalijados, con los decorados caídos, vidrios rotos, muros pintados y neones quebrados. Como si hubiera pasado un huracán por Providencia llevándose lo peor que tenía, y que de hecho representaba lo más decadente de nuestra sociedad; dejando una tierra muerta, insignificante, un ordinario conjunto de pubs de mala categoría que borró a su vez un ochenteno barrio compuesto por casas de alta costura, centros de moda, galerías de arte, librerías y un boulevard que, con una incipiente pero prometedora gastronomía, pudo haber sido el lugar más elegante de la comuna.
El cambio en las condiciones de construcción que ahora posibilitan una altura de 15 pisos en el sector y la falta de renovación de las patentes de cabaret terminarán por desintoxicar el lugar. Quizá esa sea la bomba atómica. Porque más allá de la limpieza que sin duda de aquí a unos cuatro años le dará una mejor cara, la nueva altura y el nuevo perfilamiento como un centro de oficinas cambiará por completo el esquema del lugar.
Mientras tanto podremos observar, unos más felices que otros, lo que produjo el reventón del carrete en una calle que hoy parece un cementerio de arquitectura barata, un botadero de carpinterías livianas, entre botellas rotas y malos recuerdos, en la que aún persisten, contra todas las fuerzas del cambio, las papas fritas callejeras y los combinados a quina.
Postdata: Algo de esto último nos pertenece, y no desaparecerá tan fácilmente, sólo será trasladado. Habrá que estar atentos hacia dónde se dirige ahora la tierra muerta.
Ilustración: Francisco Javier Olea
Fuente: emol

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